Vince Vitale aborda con seriedad esta pregunta, poniendo en el centro el sufrimiento y el dolor del mundo y la reacción de Dios

Si Dios existe, ¿por qué permite el coronavirus? Los filósofos a menudo abordan el porqué del sufrimiento desde su torre de marfil. Quizá alguno de nosotros también nos hemos acercado a este tema de ese modo. Pero ahora mismo nadie se está haciendo esta pregunta de una forma fría y teórica. En lugar de servir como material para un buen ejercicio mental, en muchos lugares del mundo este “¿Por qué?” es una pregunta genuina, incluso desesperada.

Cuando oigo una pregunta como esta, siempre trato de recordar la primera conversación que tuve sobre el tema del sufrimiento después de convertirme al cristianismo en mis años de universidad. Fue con mi tía Regina. Me habló del sufrimiento que llevaban sobre sus hombros tanto ella como su hijo —mi primo Charles. En ese momento, a mí me interesaba más la pregunta, la pregunta filosófica, que la persona que hacía la pregunta. Así que después de escucharla, rápidamente le solté algunas de mis explicaciones teóricas y abstractas de por qué Dios podría haber permitido que Charles sufriera de aquel modo. Mi tía Regina me escuchó con paciencia y, al final de mis reflexiones desconsideradas, dijo: “Pero Vince, como madre, todo eso no me dice nada”. Desde entonces, trato de recordar sus palabras cada vez que abordo una pregunta como la que nos ocupa.

El tono de nuestra respuesta

Jesús se ponía en la piel del otro mucho mejor que yo. Cuando se enteró de que su buen amigo Lázaro estaba enfermo, esperó un par de días antes de ir a verlo y cuando llegó Lázaro ya había muerto. Leyendo entre líneas,(1) es evidente que las hermanas de Lázaro, Marta y María, no estaban muy contentas. Le dijeron a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Es decir: “¿Por qué no has venido antes? ¿Qué tienes que decir en tu defensa?”. Como cristiano, Jesús podría haber dado una explicación en ese mismo momento, pero eso no es lo que hizo con María. En respuesta a sus lágrimas, el texto nos dice que “Jesús lloró”.(2) Es el versículo más corto de la Biblia, y también es muy importante para mí como cristiano porque revela que, en primer lugar, Dios llora por el sufrimiento de este mundo. Así que esa debe ser también nuestra primera reacción.

Me gustaría exponer un par de ideas más en relación a esta pregunta, pero ten en cuenta que este artículo no pretende ser una respuesta exhaustiva.

Dando con la perspectiva adecuada

En primer lugar, es interesante que, cuando en filosofía hablamos de algo como el coronavirus, lo describimos como “mal natural”. Es un término interesante en sí mismo. Podrías pensar que es un oxímoron: Si realmente es natural, si es como se supone que debe ser, ¿puede ser malo? ¿Podemos obtener una categoría moral como el mal de algo físico y natural? Y si realmente es malo, ¿no lo haría eso antinatural en lugar de natural? Me pregunto si, en lugar de anular a Dios, tal vez esta clasificación de “mal natural” apunta a Dios; tal vez apunta a un legislador moral que puede ser el fundamento de una norma moral que sustenta una realidad moral que da cabida a una categoría como el mal moral. También me pregunto si apunta a una narrativa que explica el hecho de que el estado actual de nuestro mundo parece totalmente antinatural; tenemos esa intuición innata de que las cosas no son como se supone que deberían ser.

Otra perspectiva que merece la pena considerar es que los males naturales no son intrínsecamente malos en sí mismos. Por ejemplo, un tornado visto desde una distancia segura puede ser majestuoso e impresionante y llenarnos de asombro. De la misma manera, si observamos un virus con un microscopio podemos contemplar la belleza de su forma y complejidad. Existe incluso una categoría de “virus amistosos”, virus que nuestros cuerpos necesitan para funcionar. De hecho, la gran mayoría de los virus tienen un impacto positivo en nuestro mundo. Si los virus no existieran, las bacterias se reproducirían tan rápidamente que cubrirían toda la tierra y sería imposible que cualquier otra cosa sobreviviera, nosotros incluidos.(3)

Esto plantea las siguientes preguntas: ¿Cuál es realmente el problema? ¿Las características fundamentales y naturales de nuestro entorno, o la forma en que estamos funcionando dentro de él? ¿Podría ser que nuestros cuerpos no están funcionando dentro del mundo natural de la manera en que se supone que deberían hacerlo? Un niño salvaje que ha sido privado de la comunidad humana y de las relaciones para las que ha sido creado no se moverá correctamente en su entorno. ¿Podría ser —esta es una pregunta planteada por el filósofo Peter van Inwagen (4)— que la humanidad en su conjunto esté viviendo separada de la relación para la que estaba destinada y lejos de la comunidad divina en la que se supone que “vivimos, nos movemos y existimos”?(5) En un escala cósmica, ¿podríamos ser niños salvajes, heridos por cosas que deberían producir asombro y alegría porque la relación entre criatura y creación se ha roto y está en un estado disfuncional?

El único mundo apto para ti y para mí

Hay mucho más que decir sobre este tema, pero por ahora aquí va una perspectiva más para tu consideración. A menudo, cuando pensamos en el tema del sufrimiento, lo hacemos de la siguiente forma: Primero nos vemos en este mundo, con todo su sufrimiento; luego nos imaginamos en un mundo muy diferente, sin sufrimiento o con mucho menos sufrimiento, y entonces nos preguntamos: “¿Dios no debería haberme hecho en este otro mundo?”. Es una reflexión razonable, pero también potencialmente problemática, porque nunca preguntamos si, en ese mundo tan diferente que Dios debería haber hecho, tú seguirías siendo tú, yo seguiría siendo yo, y las personas que amamos seguirían siendo ellas. En un momento de frustración con mi padre, podría desear que mi madre se hubiera casado con otro, tal vez con alguien más alto o más guapo o, ya sé, ¡con un productor de cine! ¡O un actor famoso! “Me habría ido mejor”, podría pensar. Pero después de tener ese pensamiento, debería detenerme y darme cuenta de que simplemente no es verdad. Si mi madre hubiera acabado con alguien que no fuera mi padre, quizás otro niño habría sido más alto y más guapo y protagonista de una película, pero ese niño no habría sido yo. ¡Yo no habría existido!

Ahora imagina cambiar no solo ese pequeño fragmento de la historia, sino la forma en que funciona todo el mundo natural. Imagina si no fuéramos susceptibles a las enfermedades, o imagina si la tectónica de las placas no se comportara como lo hace o si las leyes de la física hubieran sufrido un rediseño. ¿Cuál sería el resultado? Uno de los resultados es que ninguno de nosotros habría vivido.

Mi fe cristiana me lleva a creer que a Dios no le gusta ese resultado. Creo que una de las cosas que Él valora de este mundo, aunque odia el sufrimiento que hay en él, es que es un mundo que permitió que tú existieras, permitió que yo existiera y permitió que todas las personas que han vivido existieran. Creo firmemente que Dios te tenía en mente y te quiso antes de la fundación del mundo, te formó en el vientre de tu madre y ya te conocía desde antes de que nacieras. Él deseaba que existieras, y este mundo era el mundo que permitía que existieras y que pudieras reconciliarte con Él.

¿Tendremos todas las respuestas a la pregunta Si Dios existe, por qué permite el coronavirus? No, no las tendremos, pero no creo que debamos esperarlo. Esta mañana estaba pensando en mi hijo de un año Raphael y en cómo generalmente no entiende por qué a veces permito que sufra. Hace poco tuvimos que hacerle unas pruebas de corazón, y para que los médicos pudieran ver todo lo que necesitaban ver, tuve que sujetarlo mientras él gritaba horrorizado por todos los cables que salían de su pecho. Raphael no entendía nada. No entendía que yo lo estaba amando en ese momento. Y lo único que podía hacer como padre era decirle una y otra vez: “Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí”.

En última instancia, la razón por la que confío en Dios en medio de algo como el coronavirus no es solo por los argumentos filosóficos, sino porque creo que el Dios cristiano vino y sufrió con nosotros. Creo que, en la persona de Jesús, Dios nos está diciendo: “Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí”. En palabras del propio Jesús: “¡Aquí estoy! Estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré y cenaré con él, y él conmigo”.(6) Esa es la esperanza que tenemos: la esperanza de una relación restaurada con nuestro Creador ahora, que culminará con nuestro asombro ante una creación redimida que disfrutaremos junto a Él por toda la eternidad.

Vince Vitale
Director del Zacharias Institute de RZIM en Atlanta, Georgia (EE.UU.)

 

 

(1) Juan 11:1–44
(2) Juan 11:35
(3) Ver, por ejemplo, Anjeanette “AJ” Roberts, “Why Zika, and Other Viruses, Don’t Disprove God’s Goodness: A Microbiologist Reflects on the Problem of Evil in Human Diseases,” entrevista de Rebecca Randall, Christianity Today, 14 de agosto de 2018, https://www.christianitytoday.com/ct/2018/august-web-only/why-zika-and-other-viruses-dont-disprove-gods-goodness.html.
(4) Ver el artículo de van Inwagen “The Magnitude Duration and Distribution of Evil: A Theodicy” (Philosophical Topics 16.2, 1988) y su libro The Problem of Evil (Oxford University Press, 2006).
(5) Hechos 17:28
(6) Apocalipsis 3:20

Traducción: Dorcas González Bataller