Margaret Manning Shull reflexiona sobre la importancia de hacer preguntas y las distracciones que nos impiden escuchar bien las respuestas que recibimos.  

Regresar a la universidad en la mediana edad me ha llevado a redescubrir la importancia de hacer preguntas. Por un lado están las preguntas prácticas ─¡y sumamente importantes!─ sobre el funcionamiento de cada asignatura. Por ejemplo: ¿debo usar una guía de estilo concreta a la hora de redactar los trabajos? O ¿qué materia entrará en el próximo examen? Por otro, están las preguntas fruto de la curiosidad por un tema en particular, y las preguntas de investigación que ayudan al estudiante a profundizar más y más en su área de estudio.

A menudo, lo que me encuentro es que las preguntas que hago generan otras preguntas, y muchas de ellas no son tan fáciles de responder como cuando empecé mis estudios. En este viaje de investigación que he emprendido, en muchas ocasiones voy de una pregunta a otra, y acabo con preguntas que no tienen una relación directa con la pregunta original.

Cuando esto ocurre, lo que me pregunto es si realmente estoy haciendo el tipo de preguntas que generarán respuestas. Por ello, puede que una tarea aún más importante sea preguntarse por la motivación que hay detrás de las preguntas. ¿Simplemente pregunto por curiosidad? ¿Pregunto para llenar mi cabeza con todas las respuestas posibles? ¿O será que no dejo de hacer preguntas para esquivar las respuestas que no quiero escuchar?

Muchas veces, el ruido nos impide escuchar de verdad. Quizás por temor a escuchar los pensamientos confusos que hay en mi interior, a veces soy capaz de llenarme el día con el ruido de la actividad constante con tal de no prestar atención a las inquietudes que albergan en mi corazón y en mi mente. 

El silencio puede ser perturbador, como yo misma experimenté hace algunos años cuando perdí a mi marido. A veces pasaba días sin hablarle a nadie, excepto a mis dos perros. Me sorprendía comprobar lo fuerte que podía sonar el silencio.

Sin embargo, durante ese periodo de mi vida sí hubo sonidos audibles. Empecé a fijarme en todos los sonidos que formaban parte de mi día a día. El bullicio del tráfico, el estruendo provocado por los aviones, el ruido de los barcos que llegaba desde el puerto… Todos se unían para formar una sinfonía de sonidos. Como pasé días y días sin hablar con nadie, pude prestar atención a un mundo nuevo de sonidos naturales. El viento meciendo los árboles, las suaves pisadas de mis perros sobre el suelo de madera, los sonidos característicos de los diferentes pájaros cuando van en busca de comida o hacen la llamada de apareamiento… En aquel entonces no me daba cuenta del carácter único de aquellos momentos: podía percibir todos aquellos sonidos porque estaba sola. Tampoco lo veía como un regalo, aunque ahora sí lo veo así. 

Prestar atención al mundo que nos rodea y hacer preguntas son algunas de las maravillosas cualidades del ser humano. Cualquiera que haya pasado tiempo con niños, por poco que este haya sido, sabe que desde bien pequeños no se cansan de hacer preguntas y más preguntas sobre todos los temas que puedas imaginar.

Cuando detecto que empiezo a inquietarme por las muchas preguntas que tengo o por la aparente falta de respuestas, traigo a la memoria una conversación que tuve con un colega en mi primer trabajo después de acabar Teología. Estábamos hablando de cómo sería el cielo. Al igual que muchos, yo le dije que en el cielo todas las preguntas serían respondidas y todo lo que no había estado claro quedaría claro nada más llegar.

Nunca olvidaré su respuesta. “¡Qué va!”, respondió. “Yo no creo que será así, porque entonces se habría acabado la oportunidad de descubrir, de aprender, de asombrarnos”.

Y empezó a explicar por qué en el cielo no dejaremos de descubrir y aprender. Puesto que los impedimentos de la finitud desaparecerán, el cielo se parecerá a lo que C. S. Lewis describió en su novela La última batalla. A sus habitantes se les invitará a entrar “más hacia arriba y más hacia adentro” de la eternidad. Mi amigo creía que entrar “más hacia arriba y más hacia adentro” incluía las preguntas, la imaginación y el descubrimiento, porque la capacidad para aprender sería ilimitada e inagotable.  

Curiosamente, el reino de los cielos revelado por Jesús guarda un enorme parecido. Aunque a muchos les sorprenda ─incluso a aquellos que se hacen llamar cristianos─, Jesús hizo más preguntas de las que respondió, al menos según los relatos de los Evangelios. En su estudio sistemático de las preguntas de Jesús, el autor Martin Copenhaver señala que Jesús hizo 307 preguntas. Además, a él le hicieron 183 preguntas, de las cuales solo respondió tres.1¡Interesante!

Así, hacer preguntas fue fundamental en la vida de Jesús y en la forma en la que enseñaba a sus seguidores. Más que utilizar una didáctica tradicional, Jesús a menudo exploraba la realidad del reino haciendo preguntas. Otras veces, contaba historias y usaba metáforas. Lejos de presentar respuestas simples, Jesús muchas veces lanzó preguntas que no respondió o predicó enseñanzas que no explicó.    

Pero Jesús no hacía preguntas o dejaba preguntas sin responder para hacerse el misterioso o el enigmático. Sus preguntas llevaban a sus oyentes más allá: a maravillarse aún más, a un nuevo descubrimiento o a sentirse cada vez más incómodos:

¿Quieres curarte?

¿Qué quieres que haga por ti?

¿Quién dices que soy?

¿Por qué me llamáis “Señor” pero no hacéis lo que os dijo?

¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no te das cuenta de la viga que tienes tú en el tuyo?2

Es significativo que las preguntas de Jesús iban directas al corazón. Eran penetrantes, como cuando después de hablar de la compleja enseñanza sobre comer su cuerpo y beber su sangre (Juan 6), les preguntó a sus discípulos si querían “marcharse”. Lejos de exigir respuestas inmediatas, Jesús hacía preguntas para provocar una reflexión seria y sopesada, que a menudo llevaba al asombro: ¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Jesús incluso profirió la pregunta que ha salido de la boca y del corazón del ser humano a través de los tiempos:  Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y con su vida, muerte y resurrección, respondió de forma definitiva a las preguntas más profundas de la mente y el corazón.

Obviamente, hay un tiempo para dejar a un lado las interminables preguntas y descansar. Hay un tiempo para parar y simplemente estar agradecidos por el viaje que el ser humano puede hacer hacia el descubrimiento. Pero cuando surgen preguntas que la gente suele evitar y que son difíciles de responder, también hay que darles lugar. Asimismo, las preguntas de Jesús nos invitan a acercarnos a Aquel que nos creó con la capacidad de hacer preguntas.

 
 

Margaret Manning Shull 
Miembro del equipo de conferenciantes y escritores de RZIM

 

 

Traducción: Dorcas González Bataller

Ver Martin Copenhaver, Jesus Is the Question: The 307 Questions Jesus Asked and The Three He Answered (Nashville, TN: Abingdon Press, 2014), xviii. Copenhaver registra ocho respuestas directas de Jesús, pero remarca que “hagas la cuenta que hagas, es un número sorprendentemente pequeño”.

Ver Juan 5:6; Marcos 10:36, 51; Mateo 16:15; Lucas 6:46; Mateo 7:3.