Cómo transformó mi vida el sufrimiento

Nabeel Qureshi

Crecí en una familia musulmana devota y respetable. Para mí, abrazar la fe cristiana fue la decisión más dolorosa de mi vida, no solo a nivel intelectual, sino a nivel personal, porque sabía que significaba sacrificar todo lo que había conseguido en la vida hasta ese momento.

Con frecuencia había escuchado predicaciones que enseñaban que “convertirte en cristiano te transformará la vida”, en el sentido positivo. Sabía que, en mi caso, sería justo lo contrario: solo convertiría mi vida en una pesadilla. Por eso tenía que saber cuál era la verdad.

Cierto día del verano de 2005, estando convencido ya de que la evidencia histórica apuntaba a favor de Jesús, me di cuenta de que ya no creía en el islam. Pero sabía que ir un paso más allá y decir, “cueste lo que cueste, abrazaré la fe cristiana” conllevaría un sufrimiento significativo.

El sufrimiento que me esperaba era mi mayor obstáculo para creer en Jesús. Mi madre era nieta e hija de misioneros musulmanes. Mi padre venía de la tribu Quraysh, que es la tribu del mismísimo Mahoma, y esto era un orgullo. Cuando mis padres vinieron a occidente se dedicaron a servir a la comunidad musulmana; todo su tiempo se centraba en el islam.

En occidente cuesta entender que muchos países de todo el mundo se basan en paradigmas de honra y deshonra. Si abrazaba la fe cristiana no solo estaría arriesgando mis relaciones con todas las personas de mi alrededor, sino también las de mis padres, que tanto me amaban y tanto habían sacrificado por mí. Sería como si embarrara su reputación.

Recuerdo leer en Marcos 10:29-30 que Jesús lo entendía, que esto era un suceso común incluso en su época: “―Os aseguro —respondió Jesús— que todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos recibirá cien veces más ahora en este tiempo (casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones); y en la edad venidera, la vida eterna”.

Cuando leí ese texto, ya sabía intelectualmente que la evidencia apuntaba firmemente a favor de que Jesús era Dios hecho hombre, diciéndonos, “Si sufres por mi causa, te recompensaré enormemente”. De hecho, el capítulo 10 de Mateo decía que si querías servir a Cristo, tenías que estar preparado para sufrir: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”.

También tenías que estar preparado para entregar tu vida: “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que se aferre a su propia vida la perderá, y el que renuncie a su propia vida por mi causa la encontrará”. (Mateo 10:38-39)

En esa época en la que me dediqué a investigar muchas de estas preguntas y luchaba con mi fe estaba estudiando medicina. La mayoría de la gente que me rodeaba era atea o agnóstica. Eran personas que habían sido formadas en un entorno secular, y eran tremendamente competentes; es decir, eran muy autosuficientes, que a su vez significaba que intentaban explicar el mundo de manera que pudieran retener el control de su propia vida. Todos veían el mundo a través de ese paradigma.

Pero me di cuenta del problema de este paradigma cuando hice las prácticas en psiquiatría. Tratamos a un hombre que había cruzado la autopista y se había lanzado de cabeza hacia un camión que se aproximaba. Mientras nos ocupábamos de volver a encajar las piezas rotas de su cuerpo, le preguntamos qué había pasado, y nos dijo, “me ha dejado mi mujer”. Daba igual cuánto intentáramos curarle el cuerpo, sabía que, a menos que abordáramos lo que había en su corazón y en su mente, volvería a intentar quitarse la vida. Y ninguna de las personas con las que me había formado tenía la preparación adecuada para tratar su corazón o su mente.

¿Qué razones le das a alguien para seguir viviendo? ¿Por qué decirle a alguien, “No te suicides”? ¿Qué razón le podemos dar, si lo único que les hemos dicho es que la vida es un mero accidente, que simplemente has evolucionado a partir de mezclas químicas, tiempo y azar, y eso es todo lo que eres? Si no lo estás pasando bien, ¿por qué no acortar el tiempo? Nadie me daba respuestas sólidas.

Desde el punto de vista ateo, entonces, el sufrimiento se convierte en un verdadero problema. Intentas ocultarlo, intentas esconderte de él, intentas incrementar tu placer, pero en realidad nada aborda la realidad de ese sufrimiento. Nada hace que ese sufrimiento sea malo si no existe una moral objetiva. Da igual lo que sufras, no importa. Desde el paradigma ateo, si estás sufriendo un holocausto, no puedes identificarlo como algo malo.

Desde la perspectiva del ateísmo y el agnosticismo, el problema del sufrimiento se vuelve inextricable. Pero yo no era ni ateo ni agnóstico, era musulmán. Desde mi perspectiva, lo que hacía que el sufrimiento fuera soportable durante un tiempo era que era una prueba que Alá nos proporcionaba. Si era su voluntad que navegáramos a través de esta prueba, podíamos rogar que su gracia nos sostuviera.

Puede que hayas oído que el islam es una religión sin gracia, pero eso es una caricatura. Rezábamos siempre por la gracia de Alá. Pero la fe cristiana no tiene parangón cuando se trata de abordar el problema del mal y el sufrimiento.

Como musulmán que empezaba a darme cuenta de la verdad del evangelio, mi punto de partida era la creencia que después de que Dios creara el mundo, se apartó y se dedicó a observar y juzgar. Puede que contestara tus plegarias, pero en última instancia te estaba observando para ver cuánto podías agradarle, para que al final tal vez pudieras (o no) llegar al cielo.

Cuando me percaté de la verdad del evangelio, encontré que el Dios cristiano, sabiendo que no éramos capaces de salvarnos a nosotros mismos, estuvo dispuesto a entrar en este mundo. Este no era un Dios que se apartaba y observaba cómo sufríamos. Era un Dios que se remangaba, dejaba su trono, y les decía a los ángeles, “voy a entrar en este mundo como bebé”.

El creador del universo, que hizo que existiera con sus palabras y su aliento, entra en el mundo como bebé indefenso, nacido a dos jóvenes acusados de una relación ilegítima, y todo esto en una sociedad de honra y deshonra, no olvidemos.

A medida que Jesús crece, ¿qué hace? Vive como carpintero, trabajando con sangre, sudor y lágrimas. Este es el creador del universo, trabajando como obrero. Traba amistad con pescadores, recaudadores de impuestos y personas que no ocupan los niveles más altos de honra y dignidad. Invierte en ellos, viviendo con ellos día y noche, yendo de lugar a lugar con ellos, sabiendo que le van a traicionar. Uno de ellos le traicionará con un beso.

Acabaría en un poste donde le azotarían, y después sería crucificado. Ponemos cruces por todas partes; muchos cristianos las llevan puestas, pero puede que no reflexionemos sobre lo dura que es la imagen de una cruz. La crucifixión se diseñó como la manera más dolorosa y humillante de morir que jamás había existido. Cícero nos dice que la piel les colgaba en jirones; que tan solo del proceso de los latigazos se les podían salir los intestinos. Se les amarraba a un trozo de madera lleno de astillas; con cada respiración esa madera les raspaba la espalda y se la dejaba en carne viva.

El creador del universo hizo eso por nosotros. Este es el mensaje cristiano: Dios sufre con nosotros. Sufre por nosotros, muriendo en la cruz para que podamos tener vida eterna. El mensaje de gracia y amor incondicional que fluye del Dios trinitario —y que solo puede fluir del Dios trinitario— es el mensaje que sanará este mundo.

El sufrimiento no es el ideal de Dios, pero Él puede usarlo todo para su gloria. Si estás sufriendo, puede usarlo para su gloria porque Él redime el sufrimiento.

En el islam, Alá puede pasar por alto lo que quiera. ¿Luchas con adicciones? Reza y a lo mejor Alá lo pasará por alto si quiere. El Dios cristiano lo redime. No solo te rescata, sino que además te dice, “ahora ve y rescata a otros con la gracia que te he dado”.

Él redime tu sufrimiento. Él puede utilizar cualquier cosa por la que estés pasando para liberar a los demás. Es a libertad que Cristo nos llamó, y libera a los demás a través de nosotros, y por ello nos llama a unirnos a Él en ese sufrimiento.

 

Traducción adaptada de esta charla de NabeelSi quieres conocer más sobre la dramática historia de Nabeel y su conversión del islam al cristianismo, su libro “Defendiendo a Alá, llegué a Jesús” (ed. Ciudadela) es un gran punto de partida.