Dios no vino a este mundo para aplaudir a los triunfadores y felicitar a los que tienen la vida resuelta. Vino para que los que caminan en la oscuridad puedan ver la luz.

Cada año el mismo debate: ¿cuándo se puede empezar a escuchar música navideña? Algunos escuchan encantados a Nat King Cole desde principios de septiembre, mientras que otros se convierten en Scrooge cada vez que oyen un villancico.

Total, que nadie se pone de acuerdo sobre cuándo deberíamos empezar a prepararnos para la Navidad.

Pero Dios comenzó a prepararse para la Navidad mucho antes de lo que nos imaginamos. La famosa profecía de Isaías sobre el niño que ha nacido y el hijo que se nos ha dado —que asociamos al bello Mesías de Handel— se escribió unos 500 años antes del nacimiento de Cristo. Era importante que el pueblo de Dios entendiera correctamente esa profecía mientras esperaban aquella primera Navidad. Del mismo modo, nosotros también necesitamos entenderla correctamente cuando la recordamos. Especialmente si estamos cansados.

Por lo general, los momentos dolorosos de la vida duelen más en Navidad. Culturalmente, hemos convertido estas fiestas en una performance. Existe la presión social de tener una vida perfecta, siempre lista para subirla a Instagram: una casa perfectamente decorada, una comida deliciosa, unos niños que saben hacer de todo, etcétera, etcétera. Y eso acentúa el dolor que nos producen las dificultades financieras, la incertidumbre, las relaciones tensas o recordar a aquellos que ya no están. Las fechas que supuestamente son para celebrar hacen que el dolor se vuelva aún más evidente.

Así que el capítulo 9 de Isaías es para nosotros. Mira a quién está dirigida la profecía:

“Ese tiempo de oscuridad y de desesperación no durará para siempre. La tierra de Zabulón y de Neftalí será humillada, pero habrá un tiempo en el futuro cuando Galilea de los gentiles, que se encuentra junto al camino que va del Jordán al mar, será llena de gloria.

El pueblo que camina en oscuridad verá una gran luz” (Isaías 9:1-2)

Tristeza, angustia, oscuridad. Una descripción acertada de aquella región. La llamaban “Galilea de los gentiles” o “Galilea de las naciones”, no porque fuera diversa y dinámica, sino porque geográficamente era la puerta de la nación, la puerta por la que entraban los ejércitos extranjeros invasores.

Tendemos a pensar que la Navidad es para los niños o para los sentimentales. Hoy, que vivimos obsesionados por determinar si algo es culturalmente o religiosamente apropiado, algunos podrían pensar que la Navidad debería ser solo para los cristianos. Pero Isaías nos muestra que es para los quebrantados de este mundo. Esa oscuridad de la que habla también se extiende sobre nuestro mundo, de formas distintas y en diferentes grados.

Dios no vendría a este mundo para aplaudir a los triunfadores y felicitar a los que tienen la vida resuelta. Vino para que los que caminan en la oscuridad puedan vez la luz. No nos dice, como el himno navideño, “Venid, fieles todos … de gozo triunfantes…”. (1) Si así fuera, ninguno de nosotros podríamos entrar a la fiesta. No. La Navidad es para los infieles, los tristes y los derrotados.

¿Y qué significa esa gran luz? ¡Alegría y libertad!

“Harás que crezca la nación,
    y sus habitantes se alegrarán.
Se alegrarán ante ti
    como la gente se goza en la cosecha,
    y como los guerreros cuando se dividen el botín.
Pues tú quebrantarás el yugo de su esclavitud
    y levantarás la pesada carga de sus hombros.
Romperás la vara del opresor,
    tal como lo hiciste cuando destruiste al ejército de Madián” (Isaías 9:3-4)

La victoria de Madián fue una gran victoria recogida en el libro de Jueces, e Isaías está diciendo que la victoria que él está prediciendo será igual de inusual e improbable. Pero llegará y, con ella, el fin de todo conflicto (v. 5). Y la necesitamos, no solo porque este mundo está asolado por la guerra, sino por el conflicto profundo y la opresión bajo la que todos estamos como descendientes de Adán. Jesús mismo dijo: “Todo el que comete pecado es esclavo del pecado” (Juan 8:34). Todos los demás conflictos y opresiones derivan en última instancia de esa esclavitud. Y Dios le pondrá fin.

¿Cómo? Por medio de un bebé. Una victoria realmente improbable.

“Pues nos ha nacido un niño,
    un hijo se nos ha dado;
el gobierno descansará sobre sus hombros,
    y será llamado:
Consejero admirable, Dios poderoso,
    Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6)

Es normal que los padres y los abuelos sean un tanto exagerados cuando hablan de sus hijos o nietos recién nacidos. Pero los apelativos que el profeta usa para hablar de este niño superan las alabanzas del padre más entusiasta, y así le llamaremos todos nosotros.

Consejero admirable: la sabiduría, la guía y la enseñanza de este hombre serán impresionantes. Los que lo oyeron por primera vez, dijeron que nadie hablaba como él; sus palabras tienen un efecto que nadie más tiene. Cuando le seguimos y obedecemos, nosotros mismos también comprobamos que su consejo es increíblemente maravilloso. Este año que empieza, no permitamos que pase un solo día sin que busquemos su consejo.

Dios poderoso: es alguien que merece adoración. No debemos venerarlo como quien venera a un hombre inspirador. Se trata nada menos que de Dios mismo, como demostró de forma convincente. No es de extrañar que su consejo sea admirable. Es el Dios que nos creó y nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Él sabe de forma infalible lo que más necesitamos esta Navidad.

Padre eterno: más adelante, las Escrituras nos mostrarán que este hombre es el Hijo eterno del Padre eterno y que, sin embargo, él mismo posee las cualidades de un padre. Se preocupa por los indefensos y fortalece a los débiles. En ningún otro lugar lo vemos más claramente que en su muerte y su resurrección por nosotros. Y estas cualidades paternas son eternas. Nunca se cansará de cuidarnos. Nuestra angustia nunca le agotará.

Príncipe de paz: Él nos ofrecerá paz verdadera y eterna entre nosotros y nuestro Dios, una paz tan potente que afectará a todas las relaciones y a toda la creación.

Estos cuatro títulos son su “nombre”. No se pueden separar. No podemos tener su paz sin su deidad; su muerte sin su consejo. Él es para nosotros cualquiera de esas cosas porque Él es todas esas cosas.

La causa de una persona así no puede fallar (v. 7). Su gobierno y su paz no harán más que aumentar. En el próximo año, el Reino de Jesucristo crecerá, no disminuirá. Todo irá según sus propósitos. Si estamos del lado de Jesús nunca estaremos en el lado equivocado de la historia. Depositemos nuestra confianza en Él. Nunca nos fallará.

Lo que nos queda es maravillarnos ante él. Y recibirle. Un hijo se nos ha dado. Y por eso, oramos con la canción navideña:  

Oh, santo niño de Belén, te pedimos: desciende a nosotros.

Echa fuera nuestro pecado y entra. Y hoy, nace en nosotros. (2)

 

Sam Allberry es conferenciante internacional de RZIM y autor de varios libros.

 

(1) Oh Come All Ye Faithful (Adeste Fideles)
(2) Oh Little Town of Bethlehem

Traducción: Dorcas González Bataller