Naomi Zacharias reflexiona sobre uno de los grandes regalos que su padre hizo a la familia y cómo eso la ha marcado como madre.

 

Hace poco el cáncer me arrebató a mi padre.

Qué frase tan dura. Me he quedado un rato mirándola, intentando encontrar una forma más suave de empezar. Pero la verdad es que no la hay. Fue algo desgarrador e inesperado. Ahora, cuando visito su tumba, me siento insultada por la hierba. Sí, la hierba.

La tierra nueva con la que cubrieron el ataúd dejaba ver unas líneas bien definidas. Al menos, el contraste era una forma de respeto. Cuando las líneas empezaron a desaparecer, medí la distancia con los pies descalzos para memorizar exactamente lo ancho y lo largo que era. La hierba que ha crecido atenúa las líneas irregulares que aún busco con los ojos, y simboliza una normalidad que no sé cómo abrazar. Una normalidad que parece de todo menos normal. Cuarteada, oscura, confusa, incierta, injusta, vacía… sí. Pero no normal. Quizá es que mi nueva normalidad me aterra.

Alguien me preguntó qué cosas hacía mi padre que me hacían sentir amada. Era imposible mencionarlas todas, pero después de un tiempo de introspección me di cuenta de que no se ha tratado tanto de “cosas”, sino del regalo de su presencia en mi vida. Yo sabía que pelearía por mí. No me refiero a que pelearía mis batallas. No, quiero decir por mí.

Y entonces caí en la cuenta. Uno de los mayores regalos que mi padre hizo a su familia es que peleó por nosotros, incluso mientras ya iba de camino al Cielo.

Uno de los mayores regalos que mi padre hizo a su familia es que peleó por nosotros, incluso mientras ya iba de camino al Cielo.

Quizá te preguntarás si eso es bíblico. Te pido que leas hasta el final.

Mi padre estaba listo para ver a su Señor. ¡Llevaba 60 años esperando poder encontrarse con su Salvador cara a cara! Pero cuando el sufrimiento le aplastaba, aunque ya estaba de camino a ver a Jesús peleó —siempre sumiso a la voluntad de Dios— por tener tanto tiempo con nosotros como fuera posible.

Al principio dudé si la teología de lo que sentía era correcta. Pero entonces lo entendí. La última acción de mi padre en esta tierra fue demostrarnos el amor de Dios quizá de la forma más profunda en que lo había hecho jamás y, al hacerlo, estaba apuntando directamente al evangelio.

Porque Dios amó tanto al mundo que estuvo dispuesto a soportar separarse temporalmente del resto de la Trinidad y de su hogar en el Cielo para estar en este mundo roto… solo para estar con nosotros. Qué amor tan increíble.

Ahora soy más consciente de que Dios escogió estar con nosotros, aun cuando tenía el Cielo literalmente delante de Él. Estoy empezando a entender cómo es que, aun residiendo allí, me escoge.

Estos últimos meses, la vida ha sido un caos para todos nosotros. Estamos aislados a causa de una pandemia, y los días nos resultan caóticos y a la vez rutinarios. Muchos hablan de que han tenido un tiempo de calidad precioso con sus hijos; yo, debo admitir que he llorado todos los días porque la situación me sobrepasa y es extenuante. He perdido toda capacidad para solucionar problemas y se me han acabado la creatividad, la energía y la paciencia. Como madre, estoy fracasando en todas las formas posibles.

Así que aquí está lo que quiero que recordemos: al final, creo que la marca de un padre o de una madre extraordinarios no será que frente a cada problema dijimos las palabras adecuadas, o que siempre fuimos divertidos, o que logramos construir en menos de ocho minutos esa casa del árbol con palos de helado y gelatina casera que se hizo tan popular en Instagram, o que nunca acabamos frustrados, estresados, irritados, tristes o enfadados.

Será un millón de cosas que nuestros hijos no podrán siquiera explicar. Podrán aferrarse a que el amor fue inherentemente bueno. Podemos amar a nuestros hijos con toda la belleza y con toda la vulnerabilidad de nuestra humanidad. Nuestro amor estará lleno de defectos, sí. Pero también puede contener aspectos espectaculares que son un reflejo de lo divino, porque hemos sido creados a imagen de Dios.

Podrán saber que pelearíamos por ellos. Desde ahora y hasta la eternidad.

 

Traducción: Dorcas González Bataller

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Naomi Zacharias

Naomi Zacharias

Escritora, conferenciante y directora de Wellspring International, la sección humanitaria de RZIM dedicada a ayudar a comunidades vulnerables.