Para la mayoría de la gente, empezar con una pregunta es una buena idea: ayuda a ser más concretos, da lugar al diálogo, revela lagunas de conocimiento y es algo natural.(1) Los niños hacen preguntas de forma instintiva para descubrir el mundo. Por supuesto, hay preguntas poco meditadas y hay preguntas muy bien pensadas. La diferencia es difícil de explicar, pero cualquiera que haya escuchado o hecho una buena pregunta, hecha en el momento adecuado, sabrá inmediatamente por qué siempre merece la pena hacer preguntas acertadas que den que pensar. 

Cuando se trata de preguntas sobre la fe, los cristianos a menudo ponen como ejemplo la pregunta que Dios hace a Adán y Eva —¿Dónde estáis? — y la forma en la que Jesús interactúa con la gente en el Nuevo Testamento.(2) Observa algunas de las preguntas que Jesús hizo:

¿Qué buscas? ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Tanto tiempo llevo ya entre vosotros, y todavía no me conoces? Si solo amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿Quieres quedar sano? ¿Ves a esta mujer? ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde el alma? ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa? ¿Quién es más importante, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? ¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le da una piedra, o si le pide un pescado, le da una serpiente? ¿Cómo va a ser posible que creáis si buscáis la gloria los unos de los otros, pero no buscáis la gloria que viene del Dios único?¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios? ¿Por qué me llamáis “Señor, Señor” y no hacéis lo que os digo?¿Por qué quebrantáis el mandamiento de Dios a causa de la tradición? ¿Por cuál de estas buenas obras me queréis apedrear? ¿Crees que no puedo acudir a mi Padre, y al instante pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles? ¿Queréis desayunar? ¿Porque me has visto, has creído? Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto? ¿Me amas?

Foto: Lou Hablas

Tal vez empezar haciendo preguntas no sea tan mala idea después de todo, ¿no? Aun así, puede que a algunos les parezca sospechoso comenzar con preguntas. Algunos pueden pensar que son preguntas tendenciosas o capciosas. Otros quizá temen ser infieles a Dios si las preguntas les llevan a involucrarse demasiado. Pero, como puedes ver, Jesús hizo preguntas. Y esa es, a mi entender, la mejor razón para hacer preguntas. Además, cuando Jesús hacía una pregunta, de repente quedaba claro qué era lo importante, no solo para el receptor de la pregunta, sino también para todos los que estaban escuchando. Las preguntas de Jesús, a menudo subversivas, resumen y cuestionan las estructuras de autoridad, los símbolos y las presuposiciones reinantes. Sus preguntas las ponen al descubierto para que todos puedan ver más claramente las motivaciones, las tradiciones, los prejuicios y la furia que a menudo se esconde bajo la superficie.

Las preguntas pueden ayudarnos a concentrarnos, a prestar atención y a pensar juntos. Una buena pregunta puede transformar una conversación que no iba a ningún lado en uno de esos momentos que nos cambian la vida, cuando nuestros ojos se abren a la realidad. En esos momentos, cuando hacemos las preguntas oportunas, y lo hacemos con respeto, a veces podemos ver más allá y encontrarnos con la persona que está detrás de la pregunta. En palabras de T. S. Eliot, “Oh alma mía, prepárate para la llegada del Desconocido. Prepárate para aquel que sabe hacer preguntas”. El mensaje de Cristo viene con poder, coherencia y compasión y es capaz de responder a las preguntas más profundas que salen disparadas cuando la puerta se abre.

 

Tom Price es tutor académico de Oxford Centre for Christian Apologetics y forma parte del equipo de conferenciantes de RZIM en Europa.

 

(1) Adaptación del artículo de Tom Price titulado “Starting With Questions”, Pulse, Núm. 8 (Verano 2011), pp. 12-13.
(2) Génesis 3:9.

Traducción: Dorcas González Bataller