He estado pensando en lo mucho que el mundo físico refleja algunas verdades espirituales

Escribo desde un hospital oncológico en Texas. Hace dos meses, después de una cirugía de espalda me dieron la noticia de que tenía sarcoma, un tipo de cáncer poco común, y en la actualidad estoy bajo tratamiento. Gracias a Dios, siempre he gozado de buena salud, por lo que esto nos sorprendió a todos.

Siempre he creído en el poder del mensaje de Semana Santa, pero ahora lo creo aún más. Es el mensaje de esperanza definitivo, pues ofrece una esperanza que trasciende todas las demás esperanzas. De hecho, es el fundamento último de la esperanza.

Estos días de convalecencia he estado pensando en lo mucho que el mundo físico refleja algunas verdades espirituales. El cáncer es, literalmente, una célula dañina que comienza a duplicarse, acercando la muerte cada día más y superando a la célula genuina que da vida. Es asombroso cómo esto refleja la historia de la caída que encontramos en el libro del Génesis, cuando el enemigo de nuestras almas hizo que Adán y Eva cuestionaran a Dios. “¿Ha hablado Dios realmente?”. En lugar de elegir el aliento de vida que Dios da, permitieron que la célula dañina de la desobediencia y la autodeterminación se apoderara de toda la humanidad e hiciera metástasis.

Ahora, mientras gastamos miles de millones de dólares en la lucha contra esta célula dañina, tenemos principalmente dos opciones: la radioterapia, que se centra en las células problemáticas, o la quimioterapia, una confluencia de enfoques que incluyen una letanía de medicamentos que, como los disparos en la oscuridad, matan no solo las células malas sino también las buenas. Y así, al final, quizá tengamos una victoria pírrica, que ha causado más daño al vencedor que al vencido.

Cuando nos rebelamos contra Dios, nuestra única esperanza era la intervención de un salvador, un salvador perfecto. Dios mismo proveyó de ese salvador perfecto enviando a su Hijo. Eso nos da una idea de cuánto valora Dios la vida de cada persona. Como predijeron los profetas, el redentor vendría. Sería crucificado y enterrado —el destino lógico de un cáncer espiritual. Pero cumpliendo la profecía, Jesús resucitó de entre los muertos al tercer día, el vencedor verdaderamente victorioso. Dios se prestó a darnos de nuevo aliento de vida. Ahora nos llama a vivir según sus preceptos. Sus leyes siempre fueron para nuestro bien.

Es asombroso que quienes fueron a buscar el cuerpo de Jesús la mañana de la resurrección fueran las mujeres. Es asombroso que Jesús eligiera revelarse primero a un grupo de mujeres, ya que su testimonio ni siquiera era aceptado por los tribunales. Lo que hizo no encajaba con la cultura reinante; era totalmente contracultural. Si hubiera sido un charlatán, cuando anunció su resurrección nunca habría dicho que resucitaría de forma física. Algo muy fácil de desmentir. Pero él dio pruebas sustanciales.

Por tanto, junto al apóstol Pablo, podemos lanzar la pregunta “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55). El pecado es la célula cancerígena dentro de nosotros, pero la vida, muerte y resurrección de Jesús hizo posible volver al orden creado por Dios. Así que celebramos la Semana Santa con alegría de corazón porque es la cancelación definitiva de la caída, la cura definitiva.

Como dijo Nicholas Wolterstorff de Yale cuando perdió a su hijo en un accidente de escalada: “Cuando hayamos superado la ausencia con las llamadas telefónicas, la incapacidad de volar con los aviones, el calor del verano con el aire acondicionado; cuando hayamos superado todo eso y mucho más, siempre quedarán dos cosas con las que tendremos que lidiar: el mal en nuestros corazones y la muerte”.

La respuesta está en el radiante Hijo de Dios que se enfrenta a la célula mortal de la desobediencia y restaura la célula viva. ¡Qué verdad tan sublime! ¡Qué mensaje de esperanza!

Dejemos que contemplar la cruz y celebrar a nuestro Señor resucitado nos lleve a conmovernos y adorarle. Nuestras ciudades huelen a muerte. Necesitamos el aroma de la vida. Su nombre es Jesucristo.

 

Ravi Zacharias
Fundador y presidente de la de junta de RZIM

 

 

Traducción: Dorcas González Bataller