Pensamos que el ateísmo es una filosofía moderna, que la ciencia y su legado han dado lugar a la autonomía y a nuestra soledad en el universo. No es así. Puede que haya tardado en formalizarse y en obtener cierto respeto intelectual, pero la pregunta se remonta al principio de los tiempos. Desde los inicios, la pregunta no giró en torno al origen de las especies sino en torno a la autonomía de las especies. Somos más dados a citar el debate entre Wilberforce y Huxley o el conflicto entre Galileo y la Iglesia que a mirar hacia atrás y ver dónde empezó la verdadera tensión.

Pensamos que Darwin enterró a Dios pero, de hecho, en Génesis 3, el primer hombre creado también quiso enterrar a Dios. El primer intento de asesinato fue matar a Dios. Ese intento estuvo seguido del asesinato de Abel por parte de su hermano Caín. La Biblia aborda este conflicto desde la era premosaica. Después de todo, la batalla del Génesis está basada en dos preguntas. La batalla entre el teísmo y el ateísmo es el debate filosófico más antiguo. No nació con los filósofos franceses o los empiristas británicos.

¿Cuáles son las dos preguntas que existen desde el principio de los tiempos? El primer disparo contra Dios en el Edén fue “¿Es verdad que Dios dijo…?”. En el Evangelio, cuando Jesús es tentado aparece la misma pregunta, ya sea cuestionando un pasaje bíblico o sacándolo de contexto. El examen al que Jesús se enfrentó en el desierto, que es el mismo al que el ser humano se enfrentó en el Edén, fue “¿Dios ha dicho…?” y “¿Lo que ha dicho es verdad?”. De forma implícita, esas preguntas planteaban si tenemos a alguien por encima. ¿Existe un marco prescriptivo? ¿No puedo ser yo quien defina lo que está bien y lo que está mal para mí? ¿Estoy sujeto a algún tipo de autoridad superior e intangible?

En su artículo sobre “Religión”, Thomas Paine recoge esta tensión como si se tratara de algo nuevo y hace unas afirmaciones sorprendentes cuestionando la posibilidad de creer que Dios se revela y habla. A continuación puedes leer lo que dice:

En cuanto a la biblia (sic.), sea verdad o fábula, es historia, y la historia no es revelación. Si Salomón tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas, y si Sansón durmió recostado sobre la falda de Dalila y ella le cortó el cabello, el relato que tenemos de esos hechos es mera historia, una historia que para ser narrada no precisa de revelación divina. Del mismo modo que tampoco precisa de revelación divina para decirnos que Sansón era un necio y culpable de sus males, y Salomón también.

En cuanto a las expresiones tan usadas en la biblia, que la palabra del Señorvino a fulano y a mengano (sic.) […] era una forma de hablar de aquellos tiempos. […] Pero aún si aceptamos que Dios podría condescender y revelarse a través de palabras, no creamos que lo haría a través de las historias inmorales y mundanas que aparecen en la biblia. […] Los deístas niegan que el libro llamado “biblia” sea la palabra de Dios o religión revelada.[1]

Este fragmento es una fascinante mezcla de prejuicio y perversión. A uno le entran ganas de preguntarle a Paine si estaba presente en el Edén desde el principio. A los relatos sobre Salomón y Sansón les otorga la categoría de “historia”. ¿Haría lo mismo con la crucifixión y la resurrección, o a esos relatos les otorga otra categoría?

Lo que ocurre es que él no concibe siquiera que Dios pudiera revelarse a sí mismo por medio de verdades proposicionales. Paine no inventó ese dilema. Existía desde el principio. La revelación no se dio en una ausencia de creencias. La revelación vino acompañada de evidencias y fue aceptada porque una y otra vez era posible comprobar su veracidad. El medio que nos sirve para establecer la verdad no es meramente una voz interior sino la lógica de por qué estamos aquí.

Realmente, la pregunta que deberíamos hacernos es por qué pensamos en un ser supremo. ¿Por qué nos preguntamos si existe un poder soberano sobre el universo? ¿Es porque nos engañamos a nosotros mismos haciéndonos creer que debería existir, o es porque la razón demanda una causa y un propósito? ¿Es posible que detrás de nuestros anhelos más profundos esté ese deseo por saber por qué estamos aquí, y que la displicencia con la que el naturalista rechaza esa pregunta recaiga sobre las almas inquietas que buscan una razón tal como el cuerpo ansía encontrar agua?

En la creación original no había profesores de ciencia para cuestionar la revelación. El desafío de la autonomía, el deseo de traspasar los límites establecidos, surgió de dentro del alma humana. Así que dejemos atrás dos memeces: la que dice que lo que ocurre es que el hombre moderno se está sublevando, y la que dice que los intelectuales no creen en Dios y solo los ingenuos o los estúpidos continúan creyendo en Dios. Yo he conocido a intelectuales en ambos lados del debate, así que no es meramente una lucha intelectual. Es una lucha por construir puentes, por intentar vincular estructuras teóricas a realidades profundas y de búsqueda genuina.

 
 

Ravi Zacharias
Fundador y presidente de la de junta de RZIM

 

(Del nuevo libro coeditado con Andamio Editorial, Jesús entre dioses seculares)
Puedes seguir leyendo el primer capítulo de Jesús entre dioses seculares haciendo clic aquí.

 

Traducción: Dorcas González Bataller

[1] Thomas Paine, The Theological Works of Thomas Paine (London: R. Carlile, 1824), 317.