Nuestro mundo está cargado de dolor, miedo, sufrimiento, pobreza y falta de perdón. ¿Jesús aún rescata el cuerpo y el alma de la sombra y los lleva a la luz?

En el interesante encuentro entre Jesús y el paralítico que aparece en Lucas 5:17-26, vemos un claro recordatorio de la relación entre cuerpo y alma, lo temporal y lo eterno. Los amigos del paralítico hicieron todo lo que estuvo en sus manos para ponerlo donde Jesús pudiera verlo y tocarlo. Incluso destruyeron parte de la propiedad de la persona que Jesús estaba visitando con la esperanza de que hiciera un milagro por su amigo. Imagino que pensaron: si Jesús puede hacer que un hombre paralítico vuelva a caminar, entonces arreglar el techo será pan comido. Con cuidado bajaron a su amigo, hasta colocarlo cerca de Jesús. Pero lo que no se esperaban era el debate apologético que se dio a continuación:

¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados quedan perdonados”, o “Levántate y anda”? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —se dirigió entonces al paralítico—: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

Al instante se levantó a la vista de todos, tomó la camilla en que había estado acostado y se fue a su casa alabando a Dios. (Lucas 5:23-25)

Jesús preguntó: “¿Cuál de las dos cosas es más difícil: sanar a alguien o perdonarle los pecados?”. La respuesta era evidente, ¿no? Sanar a alguien es más difícil porque es algo claramente milagroso, algo visible. El acto invisible del perdón tiene mucho menos valor probatorio.

Sin embargo, cuando reflexionaron y cuando nosotros reflexionamos, descubrimos una y otra vez que la lógica de Dios es muy diferente a la lógica del ser humano. Nos movemos de lo material a lo espiritual en función de lo espectacular, pero Dios se mueve de lo espiritual a lo material de acuerdo a lo esencial. Lo físico es una concreción externa, una sombra en comparación. Lo espiritual es el interior intangible, la realidad objetiva.

En lugar de perseguir la verdad, a menudo perseguimos sombras. Las perseguimos porque son un señuelo que nos recuerda a la sustancia sin ser la sustancia misma. Se necesita una sacudida, a veces una sacudida dolorosa, para recordarnos dónde está la realidad y dónde no hay más que la seducción de las sombras.

Me acuerdo de un hombre que, hace algunos años, estaba centrado en una actividad bastante trivial y mientras tanto dejó de vigilar al pequeñín que habían dejado a su cargo. Y aquel pequeñín perdió la vida en un trágico accidente que tuvo lugar a pocos metros de su cuidador.  Ajeno a lo que estaba pasando, llevaba rato embelesado dedicando toda su atención a algo de mucho menos valor. A menudo me acuerdo del intenso dolor que le invadió cuando vio cuál había sido el coste de su negligencia. Todos tendemos a hacer lo mismo para luego descubrir, demasiado tarde, el coste que hemos pagado.

Jesús era tan consciente de esta debilidad del ser humano que a menudo se salía de su camino para encontrarse con nosotros y permitía que algo dramático nos sucediera para ayudarnos a ver qué es lo real y lo verdaderamente importante para Dios. La Biblia dice que necesitamos un Salvador y que necesitamos ser perdonados. Jesús viene y nos dice a ti y a mí que él ofrece perdón y lo puede ofrecer porque pagó con su vida en la cruz.

Sí, Jesús sanó al paralítico, pero no sin recordarnos cuál fue el milagro definitivo. Una vez entendemos esto, entendemos la relación entre tocar el alma y tocar el cuerpo. En este caso, Jesús realizó el acto del perdón y, a continuación, el acto más sencillo de la curación física. Si el paralítico era un hombre sabio, ahora caminaría consciente de que el milagro aparentemente menos visible en realidad era más milagroso que el más visible; y la gratitud por su cuerpo restaurado sería un recordatorio constante de la restauración de su alma.

Mientras reflexiono sobre esto y sobre los muchos actos de misericordia de Jesús, miro a nuestro mundo herido que se muestra insensible al mensaje del evangelio: el mensaje que limpia el alma, sana nuestro ser interior y trae luz al cuerpo. Nuestro mundo está cargado de dolor, miedo, sufrimiento, pobreza y falta de perdón. Nuestro mundo está tan roto que, si pudiéramos encontrarnos con la realidad cara a cara, desearíamos que tan solo fuera una sombra y no la mismísima realidad. Por eso solo prestamos atención a lo superficial y desechamos como meras sombras lo que es trágicamente real. Y, lamentablemente, eso nos lleva a olvidarnos del cuerpo y del alma. El coste del sufrimiento humano es incalculable.

En un mundo así, la pregunta es: ¿Jesús aún rescata el cuerpo y el alma de la sombra y los lleva a la luz? Yo creo que sí, y la respuesta la encontramos en la cruz donde “cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores” (Isaías 53:4). Jesús trajo la oferta de Dios de perdón verdadero y vida eterna y demostró que cada individuo ha sido creado de manera única a imagen de Dios. Para Jesús, el sufrimiento es solo un síntoma de la vida sin Dios. Hemos destruido nuestra relación con Dios, con nuestros semejantes e incluso con nosotros mismos.

La cruz de Cristo es definitiva y completa, pues nos ofrece perdón sin minimizar la deuda. El perdón de Dios nos brinda un nuevo comienzo. Podemos ser totalmente restaurados —el milagro definitivo— en esta vida y por la eternidad. Ese es el poder del amor de Dios; ese es el poder de su asombrosa misericordia y de su toque sanador.

 
 

Ravi Zacharias
Fundador y presidente de la de junta de RZIM

 

 

Traducción: Dorcas González Bataller