“Debes imaginarme solo, en aquella habitación del Magdalen, noche tras noche, sintiendo, cada vez que mi mente se apartaba por un momento del trabajo, el acercamiento continuo e inexorable de Aquel con quien, tan fervientemente, no deseaba encontrarme. Aquel a quien temía profundamente cayó al final sobre mí. En el último trimestre del curso de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, recé; quizá fuera, aquella noche, el converso más desalentado y reacio de toda Inglaterra. Entonces no vi lo que ahora es más fulgurante y claro: la humildad divina que acepta a un converso incluso en esas condiciones. Al fin el hijo pródigo volvía a casa por su propio pie. Pero ¿quién puede adorar a ese Amor que abrirá las puertas a un pródigo al que traen revolviéndose, luchando, resentido y mirando en todas direcciones buscando la oportunidad de escapar?”.(1)

C.S. Lewis, el autodenominado converso más reacio y desalentado de toda Inglaterra, escribió este famoso relato de su conversión. A diferencia de algunos que decidieron seguir a Jesús con urgencia y buena disposición de corazón, ¡Lewis lo hizo revolviéndose y berreando! Mientras que algunos se podrán identificar con la obstinada reticencia de Lewis, otros con gusto siguen el camino de regreso a casa.

Me fascina la conversión a regañadientes de Lewis, pero me conmueve aún más lo que su historia nos dice del carácter de Dios. Porque Lewis nos recuerda el amor de Dios que persigue implacablemente incluso al pródigo evasivo que se zafa y corre en la dirección opuesta para tratar de escapar del abrazo misericordioso de Dios. El Dios revelado en el relato de Lewis es un Dios que nos busca. Tal vez este Dios está enamorado particularmente del pródigo evasivo, dejando a las noventa y nueve ovejas, como Jesús insiste en el Evangelio de Lucas, para perseguir a la única oveja perdida.

El apóstol Pablo, que se describía a sí mismo como “el primero de los pecadores”, hablaba a menudo de este Dios que busca. En lo que tal vez sea el clímax de su carta a los Romanos, Pablo escribe: “Como éramos incapaces de salvarnos, en el tiempo señalado Cristo murió por los malvados. Difícilmente habrá quien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Y ahora que hemos sido justificados por su sangre, ¡con cuánta más razón, por medio de él, seremos salvados del castigo de Dios! Porque si, cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, habiendo sido reconciliados, seremos salvados por su vida!”.(2)

Pierre Puvis de Chavannes, El hijo pródigo, óleo sobre lienzo, 1872.

La descripción progresiva que Pablo hace de nuestra condición ante Dios revela las profundidades del amor de Dios. En primer lugar, Pablo observa que el amor de Dios persigue a la humanidad “cuando éramos incapaces de salvarnos”. Luego, Pablo afirma que Dios nos ama “cuando todavía éramos pecadores”, y finalmente, Dios ama y reconcilia a la humanidad incluso “cuando éramos enemigos”. De hecho, Pablo insiste en el gran amor de Dios incluso hacia el más vil ofensor demostrado en la vida y muerte de Jesús. No hace esta afirmación como alguien distinto al más vil de los ofensores. La hace como parte de su propio testimonio. “Este mensaje es digno de crédito y merece ser aceptado por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”.(3)

Pero el reconocimiento de Pablo de la gracia de Dios no quedó en una experiencia personal. Cuando Pablo comprendió las profundidades del amor reconciliador de Dios, eso lo llevó a proclamar esa misma reconciliación a todos. A la iglesia de Corinto le escribió las siguientes palabras: “Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que, en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación”.(4)

Al reflexionar sobre la obra reconciliadora de Dios en Cristo, el pensador Miroslav Volf hace una aplicación directa: “Dios no abandona a los impíos a su maldad, sino que se entrega a sí mismo por ellos para recibirlos en la comunión divina por medio de la expiación. Así deberíamos hacer nosotros, sean quienes sean nuestros enemigos y seamos quienes seamos”.(5) El cristiano que entiende que el amor misericordioso de Dios también es para él no puede dejar de proclamar las buenas noticias de que el amor reconciliador de Dios en Jesús es para todos —incluso para aquellos a quienes considera sus enemigos.

Quizá luchamos como conversos reacios, o quizá no hemos comprendido completamente las profundidades de la gran reconciliación que Dios nos ofrece. Pero si nos conmovemos al entender que, al igual que todos los seres humanos, nosotros también necesitamos ser rescatados, podremos experimentar más intensamente el abrazo de este Dios que nos busca.

 

Margaret Manning Shull 
Miembro del equipo de conferenciantes y escritores de RZIM

Traducción: Dorcas González Bataller

 

(1) C. S. Lewis en Surprised by Joy [Cautivado por la Alegría], citado en James Loder, The Logic of the Spirit (San Francisco: Jossey-Bass, 1998), 311.
(2) Romanos 5:1-11.
(3) Ver 1ª Timoteo 1:12-17.
(4) 2ª Corintios 5:18-19.
(5) Miroslav Volf, Exclusion and Embrace: A Theological Exploration of Identity, Otherness, and Reconciliation (Nashville: Abingdon Press, 1996), 23.