Un caleidoscopio de colores

Por 10 agosto, 2018Artículos

Cuando mi hijo tenía tan solo cuatro años, tuvimos que mudarnos a otra ciudad. Un día lanzó una pregunta que provocó las risas de toda la familia y nos dejó con aires nostálgicos. Íbamoams en coche y de repente le pregunta a mi mujer, que es de Canadá:

—Mamá, ¿a qué edad nos volvemos negros? —la pilló completamente desprevenida. —¿Qué quieres decir? —replicó ella.

—A ver —respondió él con voz pensativa e inocente—, tú eres blanca; nosotros somos beige y papá es marrón. ¿Cuándo nos vamos a volver negros?

¡Qué bonito sería si la vida proveyera de esa secuencia de colores! En su joven mente, tan libre de sesgos doctrinales, concebía la vida como un caleidoscopio cronológico de colores y, según parece, incluso imaginó la posibilidad de que cada uno experimentaría las alegrías y aflicciones de todos los demás. Tal vez viviendo por un tiempo en el mundo de otras personas, sumergidos en sus historias, nos comprenderíamos mejor los unos a los otros.

La diversidad étnica es una maravilla: es fascinante descubrir las diferentes gastronomías, tradiciones, arte, acentos y literaturas del mundo. En Occidente, la globalización ha permitido disfrutar de esas riquezas plurales en nuestros barrios con un simple toque en el teléfono. Una vez escuché a un conferenciante decir en tono irónico: «¿Qué lugar mejor que Los Ángeles [o Toronto o Londres] para encontrar un estand de comida rápida con un coreano que vende tacos kosher

Sin embargo, la pluralización ha venido acompañada del pluralismo, el fenómeno o proceso que considera que todas las ideas y cosmovisiones son igual de válidas y verdaderas.El naturalismo, el cristianismo, el hinduismo, el islam… Puedes escoger la que mejor te convenga porque todas conducen hacia la misma conclusión y son esencialmente lo mismo. Pero ¿de verdad todas las creencias son iguales?

Un estudiante nepalí que vivía en Estados Unidos me preguntó una vez por qué debía escoger el cristianismo. Es decir, con la cantidad de religiones que hay en el mundo, ¿qué diferencia establece el cristianismo? Me lo han preguntado miles de veces por todo el mundo, y algo que me fascina es que esa pregunta surge únicamente en cuanto a la fe cristiana.

Para responderla, hace falta mucha sensibilidad. El pluralismo religioso consiste en un sistema de creencias que suena bien pero no hace justicia a ninguna religión. Todas las creencias son exclusivas; es un hecho. Si no lo fueran, no predicarían verdades. De hecho, la naturaleza misma de la verdad encierra esta realidad; es exclusiva por definición. Es imposible que todas las proposiciones y aseveraciones de cosmovisiones contradictorias sean ciertas a la vez. De ser así, ni siquiera existiría una afirmación distintiva que convirtiera a todas las religiones en igualmente ciertas o falsas. La verdad tiene dos filos; no podemos sostener que dos creencias contradictorias son verdaderas.

Lo cierto es que incluso los que niegan la exclusividad de la verdad excluyen a quienes no la niegan. La verdad sale enseguida a la superficie; el principio de no contradicción se aplica a la realidad: dos afirmaciones opuestas no pueden ser ciertas al mismo tiempo. Afirmar que la verdad es inclusiva tiene tanto sentido como hablar de un palo que solo tiene una punta.

Además, todas las religiones parten desde diferentes puntos de salida y defienden deducciones distintas que excluyen las perspectivas contrarias. Por ejemplo, el hinduismo predica dos creencias innegociables: el karma y la reencarnación. Ningún hinduista abrazará jamás otra percepción de la realidad. El budismo niega la idea del yo; desde su punto de vista, este no existe, y el hombre debe despojarse de todo deseo para así eliminar el sufrimiento. Rechazar esas premisas implica descartar el budismo.

El islam, por su parte, cree en Mahoma como el profeta definitivo y en el Corán como la revelación impecable. De nuevo, sin estas premisas, el islam se derrumba. Incluso el naturalismo, que se postula como laico, es exclusivo: enseña que cualquier elemento considerado sobrenatural o metafísico sobrepasa los límites de la evidencia y, lejos de ser un hecho, no es más que una opinión.

El cristianismo predica que Jesús es la expresión máxima de Dios en la persona de su Hijo y el Salvador y Redentor del mundo. Es imposible ser cristiano sin creer en esa doctrina.

No todas las religiones son iguales, ni todas apuntan a Dios. Las religiones mismas se diferencian las unas de las otras, porque su corazón encierra verdades distintas e irrenunciables que definen quién es Dios y cuál es el sentido de la vida.

Así pues, no debemos preguntarnos cuál de estas religiones es omnímoda, sino cuál de ellas descartamos por ser irracional e incoherente y cuál puede defenderse mediante argumentos y pruebas. Es fantástico que el pluralismo impregne la gastronomía, el estilismo, los acentos y el caleidoscopio de muchas otras facetas de la vida. Ahora bien, si equivale a relativismo, quebranta el principio de la no contradicción y es incoherente e insostenible.

Me viene a la mente un buen amigo mío hinduista que durante varios años se estuvo planteando si los dogmas de su religión eran realmente sostenibles, especialmente la doctrina del karma. Un día estábamos en mi salón y me dijo:

—Si todo nacimiento es en realidad una reencarnación para acarrear con las consecuencias de antiguas obras kármicas, ¿qué propició mi primer nacimiento? Si la serie de nacimientos fuera infinita, no estaría aquí, así que tuve que nacer por primera vez en algún momento. De ser así, no habría cometido ningún acto por cuyos errores debiera pagar.

—Creo que ya sabes la respuesta —respondí.

—No tiene ningún sentido —añadió—; cuando nací por primera vez, ya debía asumir un déficit kármico. Si voy al banco, el gestor me dirá en cuánto consiste mi endeudamiento y durante cuánto tiempo tengo que pagar. ¿Qué clase de sistema es la vida, que no me informa sobre la cantidad de nacimientos que necesito para sufragar mi deuda?

Tras plantearse estas preguntas, mi amigo comenzó a buscar la verdad, hasta que finalmente la encontró en la gracia y el perdón de Jesús.

De forma similar, parte de mi respuesta al estudiante nepalí que me preguntó sobre el cristianismo consistió en compartirle que solamente en Jesús podía encontrar respuesta a las preguntas más profundas del alma; respuestas coherentes en sí mismas y que se corresponden con la realidad. De hecho, solo Jesús describe nuestra condición, sana nuestra enfermedad, explica el sufrimiento, ofrece su vida como sacrificio expiatorio y se levanta de entre los muertos para otorgar vida eterna a todos los que creen en Él. El Evangelio es la única historia en que la gracia y el perdón son el centro y se reciben de manera inmeritoria.El Evangelio trae buenas noticias para la gente de toda etnia y nación.

De ahí la rotunda afirmación de Jesús: «Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz» (Juan 18:37). Tal vez todas las religiones presentan ápices de verdad y bondad, pero solo en Jesucristo hallamos la expresión suma de la verdad, la bondad y la belleza. En Él, la gracia y la verdad se personifican. Con razón dijeron los discípulos: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:68).

Jesús probó la muerte por todos nosotros, sin importar cual fuera nuestra raza o creencia. Él otorga vida a todos los que vienen a Él; el cielo es el lugar donde la igualdad alcanza su expresión plena y la novedad será perpetua.[1]

 

 

Ravi Zacharias
Fundador y presidente de la de junta de RZIM

 

 

Traducción: Arnau Terrón Clavel

[1]Adaptación de Zacharias, R. (2007). Beyond opinion: living the faith we defend (pp. 303-306. Estados Unidos: Thomas Nelson. Recuperado de rzim.org/just-thinking/think-again-a-kaleidoscope-of-colors